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jmvicus
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mhy La odisea del hombre que pasó 43 años preso en una celda de dos metros por un delito que no cometió

el Mar Sep 15, 2020 2:43 pm
La odisea del hombre que pasó 43 años preso en una celda de dos metros por un delito que no cometió 15998430990829

Nadie ha permanecido más tiempo que Albert Woodfox en un régimen penitenciario inhumano. Condenado por un asesinato que no cometió, sufrió racismo, palizas y todo tipo de vejaciones en la Penitenciaría Estatal de Luisiana. Lo cuenta todo en 'Celda de aislamiento'

Cuando por fin parecía inminente, Albert Woodfox hizo una lista con las tres cosas que quería hacer nada más salir de la cárcel. La primera era visitar la tumba de su madre. La segunda, pasar tiempo con su hija. La tercera no saldaba ninguna deuda familiar, ni implicaba viajar lejos o cualquier otro capricho. El hombre que había pasado más de cuatro décadas en régimen de aislamiento -récord en Estados Unidos- por un asesinato que siempre negó haber cometido, un tipo al que todas sus pertenencias le cabían en dos bolsas de basura de plástico, tenía un propósito muy simple.

«Aprender a vivir en sociedad», se escribió a sí mismo antes de ser otra vez libre.

Lo consiguió el 19 de febrero de 2016, casualmente el día de su 69 cumpleaños. Lucía el sol cuando cruzó el portón de la Penitenciaría Estatal de Luisiana y saludó puño en alto. Con el pelo enblanquecido y la salud achacosa, Woodfox tenía derecho a enviar aquel mensaje simbólico. Había sobrevivido a la tortura mental, emocional y física que el sistema penitenciario permitía ejercer con total impunidad sobre cualquier recluso negro desde los tiempos de la segregación racial. Había logrado mantenerse en sus cabales pese a permanecer 23 horas al día durante media vida en una celda cuyas paredes podía tocar al mismo tiempo si estiraba los brazos. En definitiva, había sufrido y sido testigo de la crueldad del hombre con el hombre... pero seguía en pie.

«Todavía tengo secuelas», confiesa por teléfono el antiguo preso y activista afroamericano desde su casa en Nueva Orleans. «Cuando me despierto de noche siempre sé dónde estoy, pero a veces entro en una habitación sin saber el motivo. Sigo sufriendo ataques de claustrofobia. Ahora tengo más espacio para quitármelos de encima caminando. Para tranquilizarme, friego el suelo...».

Woodfox es uno de Los tres de Angola. Con sus compañeros Robert King y Herman Wallace consiguió hacer saber al mundo las barrabasadas que se cometían en nombre de la Justicia en el penal sureño que había sido una plantación de esclavos procedentes del país africano. Un lugar infame donde la mayoría de los presos eran negros forzados a trabajar en el campo mientras guardias blancos a caballo y con una escopeta en el regazo les gritaban constantemente «Más deprisa, vejestorio». Por supuesto, allí dentro no eran personas, sino niggers, gente de piel oscura a la que no se le ofrecía la rehabilitación sino el martirio.

«Cuando yo llegué, en junio de 1965, creo que estaban cosechando guisantes», recuerda Woodfox en Celda de aislamiento (Alianza), la autobiografía en la que da fe de su historia de resistencia. Escrita a cuatro manos con la periodista Leslie George y finalista en la edición 2020 del Pulitzer en la categoría de No Ficción, arranca con una confesión estremecedora: «Mi experiencia me dice que, debido al racismo institucional e individual, los afroamericanos nacen socialmente muertos y se pasan el resto de sus vidas luchando por vivir».

¿Qué sintió al volver a ser un ciudadano como otro cualquiera? ¿En qué se parece sufrir discriminación cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día entre rejas a hacerlo en la que se llama a sí misma la tierra de los hombres libres? «Tardé dos o tres semanas en darme cuenta de que no se había producido un cambio real en Estados Unidos, la mayor transformación había sido tecnológica. El racismo seguía y sigue ahí», explica. «Mira lo que está pasando con el movimiento Black Lives Matter. Hay miles de personas que exigen el fin de la brutalidad policial y reclaman que se respeten sus derechos. Por desgracia, el presidente que tenemos ahora [Donald Trump] ha propiciado una post realidad que permite todo esto».

Repasemos la partida de nacimiento antes de indagar en el expediente penitenciario. Woodfox es hijo de una camarera con encantos y sin estudios que a veces se ve obligada a vender su cuerpo para sacar a su familia adelante. Su padre desaparece antes de que él naciera, y lo más parecido que tiene a un daddy es el cocinero de la Armada con el que se arrejunta su madre. Jubilado antes de tiempo, se precipita en el alcohol y empieza a dar palizas, lo que motiva el traslado del clan a Nueva Orleans.

En la capital del jazz y el carnaval, el joven Woodfox comienza a delinquir. Poca cosa al principio, cuando forma parte de una banda de raterillos de barrio. La primera pelea es con un tal Lawrence. «Me empujó, yo solté el brazo y le di un puñetazo en la cabeza. Ahí fue cuando aprendí que el valor no significa que no tengas miedo. El valor significa que dominas ese miedo y actúas a pesar de que tienes miedo».

Luego, con la adicción a la heroína, llegan los delitos mayores. «Atracaba a la gente, la asustaba, la amenazaba, la intimidaba. Le robaba a gente que casi no tenía nada. A mi gente. A los negros. Entraba en sus hogares y me llevaba unas pertenencias por las que habían trabajado duro [...] Nunca pensaba en el dolor que causaba».

Deja embarazada a una antigua compañera en su brevísimo paso por la escuela y la abandona como su padre hizo con él. Y ya sí, la cárcel. La cárcel por una larga, eterna temporada. La cárcel que le cae encima como una catarata de años en los que la vida deja de ser suya.

No hay elección, no hay privacidad. O te amenazan, te empujan, te ponen a prueba. Desarrollas un sexto sentido como medio de supervivencia

ALBERT WOODFOX, AUTOR DE 'CELDA DE AISLAMIENTO'
«En la cárcel, uno forma parte de un rebaño humano. En el rebaño humano lo único que existe es la supervivencia de los más aptos. Te vuelves instintivo, no intelectual. Ahí está el secreto del control del amo», escribe como cogiendo distancia. «En un momento dado te tratan como a un bebé y te entregan una cuchara para que comas o te dicen dónde tienes que ponerte. Y al momento siguiente, con total indiferencia, te cuentan varias veces al día -no hay elección, no hay privacidad. O te amenazan, te empujan, te ponen a prueba. Desarrollas un sexto sentido como medio de supervivencia, unos instintos que te permiten evaluar lo que ocurre a tu alrededor constantemente y te ayudan a realizar todos los ajustes internos necesarios para reaccionar cuando eso puede salvarte la vida, pero nunca antes. Actuar en el momento equivocado puede provocar que te maten».

En Angola los presos llevan guías de teléfono adosadas al pecho y a la espalda para evitar que les acuchillen y reciben a los novatos como en la película Cadena perpetua. Es el día del pescado fresco.

«Los depredadores sexuales se alineaban a la entrada del penal principal y buscaban a sus próximas víctimas», relata en sus memorias. «La esclavitud sexual era la cultura de Angola. La administración la toleraba. Yo vi cómo violaban a varios hombres en el CR [Centro de Recepción]. Los freemen [guardias] no hacían nada por impedirlo. Querían presos desmoralizados. Querían que los presos tuvieran miedo unos de otros y se maltrataran mutuamente; eso los hacía más fáciles de controlar. Si te violaban en Angola, lo que allí se llamaba poner guapo, a todos los efectos tu vida en la prisión se había terminado. Te convertías en un chico-chica, pasabas a ser propiedad de tu violador. Tu violador te vendía, te prostituía, te utilizaba y abusaba de ti, y también lo hacían algunos guardias. La única salida era suicidarte o matar a tu violador. Si matabas a tu violador, te liberabas para siempre de la servidumbre humana dentro de los confines de la prisión, pero a cambio lo más probable era que te condenaran por asesinato, de modo que tenías que pasarte el resto de tu vida en Angola».

A Woodfox no le violan. Tampoco él pone guapo a nadie. Pero su estancia en aquel inframundo empeora drásticamente cuando a él y a Wallace se les culpa de la muerte a puñaladas (32) del guardia Brent Miller. La acusación se traduce en una condena tras un juicio con pruebas, testigos y jurado que son mero atrezo. El preso recurre y empieza a deslizarse por un tobogán vertiginoso sin moverse de Angola. Enjaulado como una alimaña, hace huelgas de hambre, recibe palizas y vejaciones, intima con la soledad más terrorífica, estudia su caso como un alumno de Derecho y recuerda los mandamientos de los Panteras Negras, de los que se había hecho simpatizante.

«Me enseñaron que el fuego no se combate con fuego, se combate con agua. Llegué a comprender que si un preso me desafiaba o me amenazaba, para tratar con ese individuo en concreto yo tenía que buscar en mi fuero interno justo lo contrario y utilizar las enseñanzas y los valores del partido en vez de recurrir a la violencia».

También viaja con la mente a Sudáfrica, donde Nelson Mandela pasa 27 años a la sombra por su oposición al régimen supremacista del apartheid. «¿Qué le habría dicho si hubiera podido encontrarme con él?», repite con voz ronca. «No sé si le habría hecho alguna pregunta. Le habría agradecido el ser una inspiración para mí enfrentándose al racismo y la violencia. En un momento de su vida encontró la forma de dejar atrás la ira y la amargura. Me gustaría pensar que me he convertido en algo parecido para otros y que lo que hago ahora sirve para construir una sociedad mejor».

Woodfox no recibe autorización para acudir al entierro de su madre.

Woodfox se despierta todas las mañanas pensando si ése sería el día en que perdiese la cordura y la disciplina.

Woodfox se reúne con Anita Roddick, la fundadora de The Body Shop, que tiene noticia de su caso... y contrata a un abogado para que se encargue de Los tres de Angola.

Woodfox revela que su mayor satisfacción en Angola fue enseñar a leer a otro entalegado.

«La prisión está diseñada para quebrantar el espíritu del preso y aniquilar su resolución. Para lograrlo, las autoridades intentan aprovechar cada punto flaco, demoler toda iniciativa, negar todas las señales de individualidad -todo ello con la idea de pisotear y apagar esa chispa que nos hace humanos, y que nos hace a cada uno ser quienes somos. Nuestra supervivencia dependía de comprender lo que las autoridades estaban intentando hacer con nosotros, y compartir entre nosotros esa constatación».

El apoyo al otro lado de los barrotes aumenta. Por primera vez en varias décadas hay gente fuera -al margen de los familiares- que se preocupa de Woodfox y sus compañeros. King sale en 2001 y se recorre el mundo durante 15 años como portavoz de la causa. De ella se hacen eco dos documentales.

Cuando incluso la viuda del guardia Miller está de su lado, cumplida ya la condena por homicidio y ante la perspectiva de repetir el juicio, le proponen un acuerdo de culpabilidad y acepta declarando Nolo contendere. Woodfox se ha perdido la llegada del hombre a la Luna, el colapso de la URSS, el 11-S y la victoria electoral de Obama. Puede irse.

«Tuve que aprender a utilizar mis manos de otras formas -para abrocharme el cinturón de seguridad, para usar el teléfono móvil, para cerrar las puertas tras de mí, para apretar los botones de un ascensor, para conducir. Tuve que reaprender a bajar escaleras, a caminar sin grilletes, a sentarme sin cadenas. Me hizo falta aproximadamente un año para que mi cuerpo se relajara y abandonara las posturas que me había acostumbrado a mantener cuando tenía los grilletes puestos. Me permitía el lujo de comer cuando tenía hambre. Poco a poco, a lo largo de dos años, conseguí librarme de mi resistencia a sentir placer y de un temor inconsciente a perder todo aquello que amaba», resume en su libro cómo vive ahora.

Según la Oficina de Estadística de Justicia, en las cárceles de EEUU sigue habiendo más de 80.000 hombres, mujeres y menores en régimen de aislamiento.



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