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prensa nueva Pepe Albert de Paco: El País era una fiesta

el Jue Nov 01, 2012 7:50 pm

Pepe Albert de Paco: El País era una fiesta Cebr%C3%ADan-y-Polanco

La carta con que Enric González se despidió de El País me devolvió por un instante a los primeros noventa, cuando en sus páginas se publicaba la mejor literatura de que eran capaces los españoles. Había noches en que me iba a dormir con la duda de si Ramón de España se ocuparía de ese artista beodo que había llegado a la ciudad, o anhelando que Santiago Segurola glosara, de una vez y para siempre, la gran finura del nuevo diez del Madrí, o aun temiendo que a Eduardo Haro Tecglen (érase un hombre a dos puntos pegado) se le agotaran la escritura y la vida. No exagero al decir que alargué más de una madrugada por llegarme a las Ramblas en busca del ejemplar con el que habría de ocultarme del sol, ni que la posibilidad de adquirir el diario determinó, en al menos dos ocasiones, mi lugar de veraneo. La playa más indómita y coralina tendía a convertirse en un mugriento páramo sin las crónicas sanfermineras de Joaquín Vidal o las monstruosidades de Jacinto Antón. Cuánto talento y qué bien repartido, Dios. Ya no digamos en domingo, cuando Mario Vargas Llosa se encaraba (aún hoy lo sigue haciendo) con todos los villanos del planeta, o Manuel Vicent hacía emerger de la cerveza del aperitivo un mausoleo corintio, o Feliciano Fidalgo practicaba una entrevista que dio en llamarse “intelectual”.

Nunca he sido tan feliz como lo fui leyendo a Joan Barril, a Eduardo Mendoza, a Rosa Montero, a Javier Marías, a Sánchez Ferlosio, a Muñoz Molina, a Fernando Savater. Valga decir, por si faltaran pruebas de mi devoción, que cuando Ramón de España tildó a Ray Loriga de escritor de “superpop”, me sentí como se siente uno cuando presenta a dos íntimos y estos no se caen bien, o no todo lo bien que uno espera. “¡El País, siempre con El País!”, clamaba mi padre con más razón que un santo, pues incluso para ir del salón a mi habitación llevaba el diario conmigo, engarfiado en el recodillo que forman la mano y la muñeca. Sea como sea, siempre me tuve por un lector más outdoor que indoor. Memorable fue la noche en que, saliendo de la discoteca Karma con el diario hecho un buñuelo, me resistí a deshacerme de él hasta comprar el del día siguiente, no fuera a ser que, en el vacío, me partiera un rayo. Mi apósito de celulosa iba conmigo a todas partes, ya hubiera de acudir a una rave o a un funeral, en el Gol Sur de Sarrià o en una fiesta de disfraces. Cómo no iba a rendirme a aquella servidumbre, si Ángel Fernández-Santos, el insobornable Fernández-Santos, aseguraba circunspecto que había películas “honestas”, si devoré cientos de novelas para empapuzarme las críticas de Ignacio Echeverría, sí.

Al igual que me sucedió con otras adicciones, también esta fue a más, y así llegó el día en que, no contento con leerlo, empecé a coleccionar hits. En mi carpeta de la facultad de Periodismo no guardaba apuntes, sino artículos de Arcadi Espada (¡El degenerado!), de Javier Marías (¡Felones!), de Luis Landero (¡Incertidumbre de un profesor de bachillerato!). Mi padre asistió a mi deriva con rictus de psiquiatra. “Ha empezado a recortarlo”, oí que le decía a mi madre una noche. “Y bien, ¿se puede saber qué ha hecho usted este fin de semana?”, me amonestó en cierta ocasión un profesor al que no había entregado una noticia. A punto estuve de decirle la verdad: “Verá, YO vivo en una noticia”. Pocos lectores, en fin, podrían ufanarse de haber perdido un trabajo por leer El País, como a mí me sucedió en la sala Zeleste, donde, en cierto modo, también tuve la oportunidad de escribirlo. Escribirlo, sí. Resulta que, en un concierto del grupo Sau, con la sala llena de patufets, el crítico Luis Hidalgo, al que atendía habitualmente en la barra del anfiteatro, me preguntó cuál era la bebida que más pedía el público. Y yo, que sospeché que tan solo pretendía santiguarse para ilustrar la parvulez de los asistentes, no me anduve con remilgos: “Malibú con piña y zumo de melocotón”. Era mentira, claro, aquellos fetillos estaban a un tris de agotar la cerveza, pero qué demonios, lo que yo quería leer en El País era un relato verosímil, que era, después de todo, lo que solía traer el diario.

Me pasé a El Mundo, aunque en puridad fue Arcadi Espada quien me llevó consigo. En mi apostasía también influyó la marcha de Santiago Segurola, quien, tras un lapso titubeante como jefe de Cultura, acabó fichando por Marca. De esa época, aproximadamente, data el portazo de Hermann Tertsch, que en sus últimos tiempos se vio constreñido a una columna semanal. Lo que no pudo la dirección del diario lo pudo el tiempo, que se cernió fatalmente sobre Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Haro Tecglen, Ángel Fernández-Santos, Feliciano Fidalgo y Javier Pradera. De vez en cuando vuelvo sobre mis pasos y me hago con un ejemplar, pero las ausencias son tantas y tan clamorosas que ni siquiera mueven a la melancolía (empezando por la de Jabois, que veinte años atrás no habría recalado en otro diario que no fuera El País). Me hago pasar entonces por lo que Manuel Vázquez Montalbán llamó “intelectual orgánico colectivo”, y me digo, entre retahílas de hombre solo, que tal vez Ángel Fernández-Santos habría dicho de Lo imposible que es un telefilme con ínfulas, y que acaso Ramón de España habría hecho notar, a propósito del artista Ai Weiwei, cómo la condición de disidente ennoblece hasta la más ínfima de las naderías, y Joaquín Vidal se habría ciscado en esa hermandad del couché que forman los toreros del escalafón. Un decir.

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